Visité esta semana el Archivo Histórico de la Provincia, en la calle 25 de Mayo. Está en un edificio que se cae a pedazos, con humedad en los expedientes coloniales y un ascensor que no funciona desde antes de la pandemia. Hay una persona, una sola, encargada del catálogo. El proyecto de digitalización lleva tres años de retraso.

Lo que se digitaliza también se decide qué se olvida. Esa frase, que escuché alguna vez en una conferencia, vuelve cada vez que uno mira un archivo público en estado de abandono. La política de memoria se juega ahí: en qué se cataloga, qué se prioriza, qué se conserva, qué se descarta sin que nadie pregunte por qué.

Una obra pequeña que importa

El Estado provincial dedica al Archivo Histórico un presupuesto que no llega al 0,02% del total. La cifra es irrisoria. Y sin embargo, allí están las actas del Cabildo, los expedientes del primer Plan Belgrano, las cartas de la guerra de los caudillos. Son el material que cualquier historia futura necesitará para no inventarse.

El Ministerio de Educación anunció hace seis meses una reforma del archivo. No pasó nada concreto desde entonces. Mientras se discuten las grandes obras de infraestructura — la autopista, el puerto seco, los polos productivos — algunas obras pequeñas siguen siendo prueba de seriedad institucional. El Archivo Histórico es una de ésas. Y la estamos perdiendo.